Las arrugas de la existencia - Mario Delgado Aparaín

1

Un sábado del otoño pasado la regenta de la pensión Yakarta que no era otra que Irene Antuña, la vieja diva del cabaret El Dado Rojo, desplegó el diario sobre la mesa de la cocina y de buenas a primeras, en la página de espectáculos, se encontró con la noticia de que el famoso poeta William Raffo había regresado a Montevideo rico y enfermo, probablemente para terminar sus días en el barrio Palermo que lo había visto nacer.

Sin embargo, por más que recorrió un par de veces la información de arriba abajo, en ningún sitio se mencionaba el hotel donde estaba alojado el desgraciado. Tenía que ser forzosamente un hotel, porque sabía mejor que nadie que él no poseía ni casa en la ciudad ni familia en ninguna parte. La vieja diva Irene Antuña abandonó el diario advirtiendo a viva voz “¡Aunque estés agonizando, William Raffo, no te la voy a dejar pasar!” y se fue al dormitorio, se quitó la bata y se vistió para salir a la calle. Su intención era caminar hasta el Parque de los Aliados y encontrar a la única persona que lo había conocido mejor que ella, para que la ayudase a ubicarlo. Tras deambular durante una hora por las inmediaciones del estadio Centenario, el Hospital de Clínicas y el Club de Tiro, después de haber preguntado a cuanto vagabundo se le atravesó en el camino dónde podía encontrar a “Pedropé Pereira, el linyera loco que se hace llamar Conde de Caraguatá”, lo vio de repente en el sitio donde debió haberlo buscado desde un principio. El Conde estaba reclinado sobre el tronco de un viejo árbol del parque, sumergido en la lectura de un mugriento ejemplar de la revista Vogue que fácilmente debía tener unos dos años. Sin mayores preámbulos, la vieja diva Irene Antuña se salió del sendero de pedregullo, caminó con torpeza sobre el césped blando e irregular y con una sonora tos fingida, se detuvo con los puños afirmados en las caderas frente al hombre que buscaba.

Desde el suelo, el Conde Pedro P. Pereira levantó la mirada y al reconocerla luego de casi cuatro años de no verla, la observó de boca abierta. Con las piernas separadas y firmes como columnas torneadas, sus pechos como manzanas de principios de temporada y su cintura reventando bajo un apretado cinturón de charol negro, la legendaria estrella de El Dado Rojo, todavía mostraba restos como para lidiar duro con la noche. Pero ella no le dio tiempo ni a una frase de bienvenida ni a un piropo barato de los que se le dicen a una diva y como si hubiera dejado de verlo el día anterior, le dijo que su amigote, el famoso William Raffo, estaba de vuelta en Montevideo más muerto que vivo y que temía que se fuera de este mundo sin pagarle los tres meses de alquiler de la habitación que le adeudaba desde que se había marchado a Europa mareado por las luces del éxito ocho años atrás. Luego de un silencio breve, agregó más alterada que al principio:

- Si todavía eres decente, Pedropé, tienes que convencer a ese cretino de que pague lo que me debe. Le di más, mucho más que alojamiento cuando no tenía ni donde caerse muerto y se burló de mi…

El Conde carraspeó, se sacudió las briznas de pasto seco de las mangas de la vieja gabardina negra y la observó con ojos inalterables, para que ella no percibiera nada profundamente oculto detrás. Con gran afabilidad, como si hablara con una criatura, le pidió que se calmara y le explicó que se estaba enterando a través de ella que William Raffo estaba en la ciudad. Que si era así, le prometía que recorrería todos los hoteles y pensiones conocidos, para encontrarlo y convencerlo de que limpiara su honor pagando la vieja deuda que tenía con una mujer que había sido noble y generosa con él.

La vieja diva Irene Antuña pareció diluir su rencor en las palabras del Conde y la esperanza se filtró en sus pestañas chamuscadas, como el último rayo de sol de la tarde que solía observar entre las glicinas de la ventana de su pensión.

- ¿Te parece que podrás, Pedropé?

- Querida Irene… - dijo él condescendiente y sabio, mientras apretaba la vieja revista de modas bajo el brazo - Un poeta que plancha sus camisas y las de sus amigos, necesariamente tiene que ser un buen hombre. Deja este asunto en mis manos.

2

La historia de William Raffo no es fácil de contar, pensó el Conde Pedro P. Pereira, mientras caminaba a paso sostenido por Avenida Brasil hacia el mar, donde en algún lugar existía un pequeño residencial de lujo en el que esperaba encontrar al viejo amigo. Con el cuerpo inclinado hacia delante, tratando de resistir las ráfagas de viento salitroso, se dijo que en realidad aquella historia hacía mucho tiempo que había perdido importancia para él, tal vez porque se le había escapado de las manos y a la hora de reconstruirla como a él le gustaba hacerlo, resultaba imposible por la irritante cantidad de cabos sueltos que la tornaban absurda o por lo menos fácil de olvidar. De todos modos, William Raffo

había sido un buen amigo hasta que lo dejó de ver ocho años atrás. Se trataba de un hombre que gracias a su pasión por los libros había logrado emerger de los basurales del plástico, el cartón y la chatarra en los andurriales de Isla de Gaspar donde clasificaba residuos, para conseguir un trabajo estable como mozo del Almi Bar en la calle Durazno, cuyo dueño era Bimbi Mastretta, un siciliano maricón extremadamente solidario que se había apiadado de él y lo había convertido en un sujeto pulcro y agradable.

Lo bueno de William Raffo al dar el salto de la humillación de dormir a la intemperie a la dignidad de la habitación seis de la pensión Yakarta, era que no se había olvidado de las buenas manos que le había echado el Conde durante los días de penuria en Isla de Gaspar. Pedro P. Pereira le guardaba un eterno agradecimiento por la actitud que había tenido ante la segunda hipotermia que lo había llevado al hospital, cuando le ofreció un lugar en el piso de su habitación para terminar de reponerse del todo, sin que la dueña, la vieja diva Irene Antuña, se percatase en ningún momento de que tenía un linyera convaleciente en la pensión. Fue durante esa etapa de debilidad y de malestares estomacales, cuando descubrió quién era en realidad William Raffo. O, por lo menos, quién empezaba a ser.

Ocurrió una madrugada invernal, mientras el Conde de Caraguatá todavía dormía como un burro blanco envuelto en una frazada doble sobre el suelo de tablas de pino de la habitación seis. Hasta que lo despertaron los golpes sordos y acolchados de la antigua plancha de hierro que William Raffo dejaba caer cada tanto sobre el saco blanco de mozo, desplegado sobre la primera mesa plegable de planchar que el Conde había visto en su vida. A pesar del frío estacionado como un témpano desde la medianoche, estaba en calzoncillos y camiseta, con un par de medias grises en sus pies descalzos, concentrado en la tarea de alisar el saco blanco, mientras murmuraba palabras ininteligibles. Cada tanto, aquel hombre flaco, elástico, casi moreno y circunspecto como un palestino del Chuy, dejaba la plancha de hierro sobre el “Primus” encendido a su lado y se iba hasta un cuaderno abierto sobre la silla cercana, donde hacía dos o tres anotaciones y luego, no sin antes tocar con un dedo ensalivado la superficie caliente de la plancha, retornaba nuevamente a la tarea. Desde el suelo, arrullado por el sopleteo caliente y uniforme del “Primus”, con un solo ojo y simulando que dormía, el Conde vio con asombro que en menos de media hora, además del saco blanco de mozo, sus pantalones de lustrina, la camisa blanca y la diminuta moña negra, William Raffo había planchado también una chaqueta púrpura de mujer y un elegante vestido escotado del mismo color haciendo juego. Luego dejó aquella ropa cuidadosamente colgada del respaldo de la silla y volvió al cuaderno de las anotaciones donde escribió, tachó, arrancó la hoja y volvió a escribir, hasta que al fin quedó inmensamente satisfecho.

- ¿Qué haces, hermano? – preguntó el Conde desde el suelo y afirmado sobre un codo para abarcarlo mejor.

- Acabo de terminar una poesía… - respondió triunfal, levantando los puños al techo, mirándolo desde su altura con la expresión de quien acaba de acertar a la lotería. Al Conde le sonó extraño, anacrónico o tal vez escolar aquello de “terminar una poesía” y no un poema, pero aún más le sorprendió que aquel hombre al que había conocido agobiado por las limitaciones y los problemas de la supervivencia, fuese un poeta. Tiempo después, cuando su amigo había abandonado ya su trabajo de mozo, al escuchar a ciertos parroquianos de corbata del Almi Bar, el Conde caería en la cuenta de que los buenos poetas de cualquier parte del mundo cargaron, en su mayoría, con la peor de las vidas posibles. Un calvo jugador de ajedrez al que le decían el Pelado, motivado por los méritos de William Raffo, había ido aún más lejos al sentenciar con sarcasmo que el gobierno, si es que se proponía darle buenos artistas al país, debía preservarles esa miseria mágica que los induce a escribir para escaparse de ella. “Que tengan apenas donde dormir y apenas para comer”, había dicho el Pelado. “De lo contrario, los poetas no tendrían nada de que fugarse, ni necesidad alguna de pergeñar esos mundos extraños que solo ellos entienden, pero que son tan proféticos años después de muertos.”

- ¿Te la leo? – preguntó William Raffo con el cuaderno abierto en la mano, esperanzado en que el Conde tuviese un interés genuino en escucharlo a aquella hora de la madrugada.

Pedro P. Pereira acomodó mejor el cuerpo, se recostó a la pared y trató de arreglar su pelambre con los dedos de ambas manos, en un gesto instintivo de mejorar su presencia como oyente.

- Adelante… - dijo.

William Raffo se plantó en calzoncillos, enhiesto y con las piernas separadas bajo la única lámpara de la habitación, desplegó el cuaderno ante un auditorio invisible y con voz ronca, cuidadosamente dramática, leyó:

Tú eres un astro en las planicies de Oriente

tormenta, deidad, verso monocorde.

Tú eres eso que el griego no pudo definir,

pensamiento y matriz de todas las angustias,

la nada

apenas,

tal vez lo que no es, ¿Parménides acaso?,

Tú eres gel, mies en mi garganta, un sí

en sol mayor, cantar en llanto.

Tú eres azar en universo, un dado rojo

de números iguales, volviendo una

y otra vez al mismo lado, a la misma

carne, al destino igual.

Tú eres el todo en una cama fría

y yo…

¿Y yo qué?

Cuando terminó, una puerta de hierro dividió en dos la habitación con el silencio. A un lado, el Conde echado nuevamente de costado, estirándose sobre el piso bajo la frazada y apoyando la cabeza sobre el antebrazo, estupefacto, confuso, sin saber qué decir. Al otro, William Raffo de pie en el centro de la habitación, estático en su silueta de calzoncillos blancos, pasmado por lo que había escuchado de sí mismo, como si antes de leer, en lugar de haber estado planchando, hubiese terminado de palpar las llagas de Cristo en la oscuridad.

- Es una maravilla… - atinó a decir el Conde.

- Lo sé… - dijo William Raffo.

3

Arqueado por el viento, mientras caminaba por la avenida en dirección al mar, el Conde Pedro P. Pereira recordó que al terminar de escuchar el poema aquella madrugada, su primera conclusión fue que William Raffo se había metido en un lío.

Tenía muy presente que aquello de “tú eres azar en universo, un dado rojo de números iguales…”, no era otra cosa que la torpe confesión de que entre él y la vieja diva Irene Antuña había una historia secreta e imposible, con carne, gel y cama fría en la habitación seis de la pensión Yakarta, aquella planicie de Oriente sin sentido alguno. Sin embargo, en aquel momento no le dijo nada. Lo supo por un golpe de intuición y pronto.

De todos modos, pensó el Conde mientras caminaba contra el viento, lo que importa es que el libro ¿Y yo qué?, con el poema del mismo nombre y los ciento treinta siguientes que escribió mientras estuvo planchando en la habitación seis a lo largo de dos años, lo llevó, para su sorpresa y emoción, a ganar el tercer premio del Concurso Latinoamericano de Poesía de La Serena, convocado con motivo de cumplirse el año dos mil de nuestra era.

No obstante, el prestigioso galardón chileno apenas si tuvo algo que ver con la asombrosa transformación que se produjo poco después en la vida del mozo del Almi Bar.

Por lo pronto, dos tercios de los mil dólares se le esfumaron en un glorioso fin de semana secreto en el Hotel Argentino de Piriápolis con la vieja diva Irene Antuña y en cambiar su antigua plancha de hierro por una deslumbrante Philips Azur 4000 de última generación con la que planchó con eufórica felicidad su ropa, la de la diva y las prendas arrugadas de todos los inquilinos de la pensión Yakarta, quienes invadieron su habitación para observar extasiados alrededor de la tabla plegable aquel espectáculo del poeta trabajando con su novedosa plancha dotada de regulador digital de temperatura, deslizándose como una diminuta locomotora Stephenson entre chijetes de vapor emitidos cada cinco segundos sobre los tejidos de la ropa. El último tercio del premio, William Raffo lo agotó en algunas generosidades consigo mismo como la adquisición de una chaqueta sport y algunos libros sobre la historia de la plancha y también tuvo un reconocimiento a la amistad con el Conde, a quien le obsequió una diminuta radio portátil de dos pilas, una gabardina negra de segunda mano, un par de botas de goma y un paraguas. A estos gastos se sumó un regalo secreto a la vieja diva Irene Antuña, que el Conde no demoró en saber de qué se trataba, pues ella misma se encargó de darlo a conocer en una noche de conmovedora franqueza.

Es una palabra, los dólares del premio le duraron lo que un lirio en la tormenta. En realidad, la metamorfosis comenzó el atardecer en que los periodistas Silva y Fonticelli, lo invitaron al famoso programa radial llamado Sopa de Letras, donde a William Raffo le hicieron el primer reportaje de su vida.

4

La vieja diva Irene Antuña llevó el aparato de radio hasta la mesa ubicada en el centro del patio, luego una fuente con buñuelos de banana espolvoreados de azúcar impalpable, una botella de vermut Martini y una docena vasos con rodajas de limón, cubos de hielo y una aceituna negra para cada uno de los inquilinos de la pensión Yakarta. El Conde Pedro P. Pereira llegó cuando ya todos estaban apostados en semicírculo alrededor del aparato de radio y un poco después, arrebolado y feliz, apareció Bimbi Mastretta, el propietario del Almi Bar.

- ¡Qué suerte que vinieron! – dijo la vieja diva llevándolos hasta la mesa - ¿Quieres un poco de vermut, Bimbi?

- No, Irene… ¿Puedes creer que recién a las siete de la tarde pude tomar la merienda? Por ahora, nada, gracias… Vine porque lo de William es increíble.

- Usted, Conde, siéntese ahí… - dijo la diva señalándole una silla a su lado. Él tomó asiento en silencio y quedó con la vista fija en los potentes muslos que asomaban bajo el apretado vestido en el que William Raffo había estrenado la formidable plancha a vapor.

- Quedó muy bien… - dijo el Conde con cortesía - Muy bien planchado.

¡Qué le parece! - dijo ella ufana, alisándose la falda y haciéndose la boba con el asunto de los muslos. De pronto, se aproximó a él y en tono confidencial le dijo que si lo deseaba podía pasar a la habitación de su amigo, darse un baño y afeitarse a gusto, pues aún faltaban quince minutos para el inicio del programa. El Conde aceptó de buen grado y desapareció en el pasillo rumbo a la habitación seis. Volvió justo cuando el programa estaba empezando.

Era evidente que en Sopa de Letras habían jerarquizado el acontecimiento, pues el programa se inició con el fondo de una versión instrumental de Gracias a la vida de Violeta Parra, dando a entender que el tema tenía que ver de algún modo con el mundo chileno, al tiempo que el periodista Pablo Silva leía con voz grave y pausada el poema ¿Y yo qué?

Cuando terminó la lectura y la canción, Pablo Silva saltó al ruedo con las primeras reflexiones:

- Queridos oyentes, esta noche tenemos con nosotros a William Raffo. Tiene treinta y seis años, es mozo de un bar en la calle Durazno y acaba de ganar el tercer premio del Concurso Latinoamericano de Poesía de La Serena, uno de los más prestigiosos del país trasandino… Sin embargo, tanto para nosotros como para ustedes, se trata de un perfecto desconocido. William… ¿Qué sentiste cuando te enteraste de que habías ganado el tercer premio y que poetas de la talla del colombiano Froilán Ospina o de la argentina Marisol Giardinelli o del uruguayo Elder De Ibarbourou, quedaron por el camino? … ¿Eh?

- ¿Qué sentí? – dijo William Raffo, dándose tiempo para encontrar una respuesta que impresionara a los oyentes de la pensión Yakarta – Antes que nada, orgullo. Orgullo de ser uruguayo. Después sentí que este premio se lo debía a las personas que me apoyaron y que creyeron en mí, como Irene Antuña, Pedro P. Pereira y Bimbi Mastretta, gente que en este momento nos está escuchando en la pensión Yakarta donde vivo, soy feliz y además…

- Hay algo que me llamó la atención en el poema que Pablo acaba de leer… - intervino Fonticelli interrumpiendo los reconocimientos del poeta – Además de ser periodista, soy arquitecto y tengo cierta debilidad por las estructuras… ¿A qué se debe esa meticulosa construcción donde alternan el erotismo encubierto, la filosofía existencialista de la nada y el neorrealismo de la habitación seis, para terminar en esa pregunta de resonancias hamletianas del “y yo qué?”

- Veo que te ha impresionado… - comentó con solvencia y simpatía William Raffo – A mí también. Esa construcción trata de recrear la angustia mística con que el hombre de nuestros días ve pasar el tiempo sin que el mundo repare en él. Lo lamentable es que para lograr esa ubicación en el cosmos, el hombre va construyendo penosamente su propia catedral de palabras, hasta que al final, como ocurre con todas las catedrales, lo que logra culminar es apenas una tenebrosa cueva vacía en la que hasta el cura siente miedo de entrar.

- ¡Mirá! – dijo Pablo Silva, sorprendido de la concepción de aquel poeta desconocido – Sin embargo, en ese cosmos pareces haber encontrado una ubicación a partir del concurso de La Serena…

- No lo sé… - respondió con sinceridad William Raffo - Mi cosmos se reduce a la pensión Yakarta donde vivo y al Almi Bar donde trabajo. Más allá de eso, no hay más que un universo desconocido cuya naturaleza no me interesa descifrar…

- ¿Te definirías como un minimalista de izquierda? – preguntó Fonticelli.

- Bueno… si minimalista de izquierda es un tipo que se indigna con las injusticias del barrio, entonces sí, lo soy. Pero prefiero no mezclar la política con la poesía… - dijo con cierta tensión William Raffo.

- Está bien, cambiemos de tema - dijo Fonticelli – ¿Tienes algún hobby?

- Sí… - dijo William Raffo, haciendo un silencio efectista- Me gusta planchar…

- Que te gusta qué…

- Planchar. Me gusta planchar.

- Mmm… Explícanos eso… ¿Por qué? ¿Cuándo descubriste que te gustaba?

- Ocurrió hace tres años, tal vez más, durante una de mis noches miserables en la pensión Yakarta. No podía dormir, tenía una depresión anímica insoportable y sentía que el insomnio me estaba acortando la vida a pasos acelerados. Entonces, aquella noche, encendí la luz y en lugar de mirar el techo, pasé un buen rato observando mi camisa blanca colgada del respaldo de la silla, con las puntas del cuello hacia arriba y las mangas arrugadas, hasta que al fin entendí que las arrugas me resultaban intolerables. Las de la ropa y las del alma. Pensé que me sentiría mejor si me levantaba de la cama y planchaba la camisa. Cuando terminé, parecía otra. Después seguí con los pantalones, los calzoncillos y todo lo que encontré a mano. Cuando llegó el amanecer, había planchado hasta las cortinas de la ventana y las sábanas de la cama. Mirarme al espejo antes de ir a trabajar al Almi Bar, afeitado y con aquella camisa perfectamente lisa, los pantalones como tablas y los zapatos lustrados, me hizo sentir bien. Muy bien. A partir de entonces, no dejé de hacerlo. Lo hago todos los días. Planchar levantó mi autoestima, me proporcionó un equilibrio interior que antes no tenía y me hizo sentir especialmente virtuoso. Diría que hasta me proporcionó un asidero para evitar los sentimientos cambiantes y la permanente fuga de las cosas. Hasta pudo haber evitado que mi destino fuese el de un canalla al incrementar mi inteligencia y llevarme a descubrir que podía manejar varios planos del pensamiento al mismo tiempo…

- ¿Cómo es eso? – preguntó Fonticelli asombrado de lo que estaba escuchando.

- Planchar exige gran concentración, paciencia sin límites y un control perfecto de los pequeños movimientos. Un segundo de distracción puede chamuscar la única camisa para salir que tienes o tu mejor pantalón. Pero lo peor no es eso. Lo peor es el sentimiento de frustración y de indignación contigo mismo que sobreviene después del descuido fatal, un estado de ánimo que no se lo deseo a nadie. También exige a veces, no siempre, un mínimo de respeto por el otro, por quien eligió ese tejido y no otro o por el que diseñó la prenda. Para que un planchado sea perfecto, debes entender el sentido que ese otro le dio a un pespunte o a un pliegue y seguirlo milímetro a milímetro, con la atención de quien conduce a gran velocidad por un camino de montaña.

- Pero tu hablas de manejar varios planos de pensamiento mientras planchas… - dijo Pablo Silva, con un tenue atisbo de contrariedad, al comprobar que el tema se tornaba indominable y se alejaba de la literatura – Por ahora solo veo uno…

- Ves solo uno porque todavía no he explicado el otro… - dijo William Raffo, tratando de contener una pizca de irritación – Ahora daré un ejemplo de la multiplicidad de planos del pensamiento durante el acto de planchar. Yo puedo estar planchando mi saco blanco de mozo con sumo cuidado y, mientras lo hago, al mismo tiempo, recordar con admiración a Henry W. Seely. Es más, trato de convertirme en él, introducirme en su pensamiento, entender el momento histórico en que pudo hacer lo que hizo y emocionarme como un niño al imaginar lo que experimentó al acabar su obra...

- ¿Henry W. Seely? – preguntó Pablo Silva alejándose del micrófono, incómodo en la silla, tratando de volver por todos los medios al principio de Sopa de Letras - ¿Es un poeta… inglés?

- Ni poeta ni inglés. Neoyorkino… - dijo William Raffo – Fue el que inventó la plancha eléctrica en 1882. Un hombre maravilloso y tenaz, que no se rindió ante los peligros de aquel temible aparato que soltaba chispas y que lo mandó al Memorial Hospital de Nueva York en dos oportunidades, a causa de las furibundas patadas eléctricas que recibió.

- Significa que puedes planchar y pensar en Henry W. Seely… -intervino Fonticelli, francamente divertido, aludiendo a que eso lo podía hacer cualquiera.

- No es tan simple, Fonticelli, no es tan simple. Dije que puedo planchar y razonar como Henry Seely frente a la prenda en la que estoy trabajando. Pero también, al mismo tiempo, mientras estoy en él puedo pensar en mí, en el tipo de individuo que soy, en las pocas cosas que he logrado en la vida, por no decir nada. Seely no solo entró a la historia de la humanidad, sino también a todos los hogares del planeta. Ni ustedes ni yo, hasta ahora, hemos podido lograr algo que se parezca. Darme cuenta de esa situación, me condujo a buscar un cambio en mi mundo interior, a pensar en mi caos innato, en las arrugas de la psiquis. Empecé entonces a escribir mientras planchaba. Mis mejores poesías se las debo al pantalón negro, a la camisa y al saco blanco con que voy todos los días al Almi Bar. En una palabra, planchar me condujo de la mano a esa revolución interior que debería ser la madre de todas las revoluciones. Desde entonces, soy otro hombre.

Cuando William Raffo terminó, un silencio de sótano se adueñó del estudio. Pablo Silva decidió que aquel era un buen momento para terminar el bloque y lo miró con una sonrisa de sorna que intentaba aflojar la tensión de un programa que se le había ido decididamente al carajo.

- William… antes de ir a una tanda publicitaria, una pregunta más: ¿Qué plancha usas?

- Una Philips Azur 4000…

- ¿Azul?

- Azur… con erre al final. Me la regalé a mi mismo con el premio. Tiene regulador de temperatura digital y emisor de vapor…

- ¡Mirá! La plancha que siempre soñaste…

- En realidad, no es la que siempre soñé… Algún día tendré una Solac 07795.1 con sistema de control electrónico con pantalla digital y avisador acústico, indicador de recarga de agua y sistema de seguridad auto pausa. Una locura, es la Ferrari de las planchas…

- Mmm… - dijo Fonticelli, mientras le hacía señas al operador para que fuera a la publicidad de una maldita vez.

5

De acuerdo al relato del mismo William Raffo horas después en la pensión Yakarta, mientras transcurrían los anuncios de Sopa de Letras, Pablo Silva se enjugó el sudor de la frente, emitió un resoplido de molestia y le rogó que dejara a un lado los aspectos anecdóticos del arte de planchar, para centrarse en el significado del galardón chileno y en el resto de su obra poética. Que de eso se trataba, dijo. Fonticelli intentó darle aún más tranquilidad a su colega y agregó que buena parte del bloque siguiente lo dedicarían a las opiniones de la audiencia a través de Internet y de los teléfonos de la radio, por lo que había que “apostar a la síntesis conceptual del William Raffo-poeta más que al William Raffo-planchador o al William Raffo-mozo del Almi Bar”. Los oyentes, advirtió antes de salir al aire, que no son otros que “los potenciales lectores”, constituyen la verdadera prueba de fuego para el creador.

Sin embargo, lejos de lo previsto por los dos periodistas, fueron los mismos oyentes quienes terminaron por distorsionar definitivamente el programa de aquella noche y marcar el espectacular punto de inflexión que cambió para siempre la vida de William Raffo.

La primera llamada telefónica fue la de un empresario joven que felicitó a William Raffo por su premio chileno, pero sobre todo por su valentía para decir “al aire” las razones de su transformación interior. Al final, el empresario, un fabricante de hipoclorito de sodio naturalmente vinculado a la problemática de la ropa blanca, le preguntó si alguna vez se le había ocurrido tener alumnos, dar clases particulares de planchado para hombres.

William Raffo dejó escapar una risita nerviosa y dijo que no, que nunca le había pasado por la mente hacer eso, pero que la idea era muy buena. Es más, le prometió que lo pensaría seriamente y que, si decidía hacerlo alguna vez, lo llamaría.

Los contactos siguientes fueron del mismo estilo. Sujetos agobiados por responsabilidades descomunales que no tenían la menor idea sobre la forma de detener la máquina desbocada de su mundo interior, se mostraban deslumbrados por el hallazgo de William Raffo y querían intentar una experiencia similar. Curiosamente, la mayoría de ellos manifestaban el deseo de hacerlo en secreto, con humildad y discreción, sin que lo supiesen sus mujeres o sus hijos, ni menos aún los directorios de sus empresas. Pero también llamaron hombres de escasos recursos, mozos de bares de la misma condición de William Raffo, maestros de enseñanza primaria, oficiales de policía, mecánicos, serenos de edificios en construcción, dos escritores y hasta un chofer de ambulancia que lo había escuchado mientras esperaba a que los enfermeros bajasen de un quinto piso a una anciana con la cadera desgranada por la osteoporosis. Entre los mensajes electrónicos se contaba el de un profesor uruguayo residente en California, que aseguraba que podía lograr que lo invitasen a dictar una conferencia en la Universidad de Stanford sobre el tema de las revoluciones interiores en la América Latina del nuevo milenio. Algo parecido sostuvo un periodista de Radio Nederland, quien luego de iniciar su mensaje con un “estimado licenciado William Raffo”, fue más lejos todavía al invitarlo formalmente a viajar a Ámsterdam para hacer un ciclo de conferencias sobre La historia de la plancha y su influencia en la definición de la idiosincrasia del hogar. Entre las últimas llamadas, sorprendió la de un gerente del Hotel Radisson de Montevideo, quien luego de presentarle sus respetos, lo citó para el día siguiente a las cinco en punto de la tarde, con la intención de programar una conferencia o un workshop para ejecutivos nacionales.

- ¡Es la primera vez que llegamos a los cien mensajes! – dijo Pablo Silva en un tono sardónico que encubría un refinado despecho que solo identificaron los oyentes aficionados a la literatura – El próximo programa lo dedicaremos al inventor del lavarropas…

- “Pirincho” se lo merece… - dijo William Raffo, saliéndole al paso con aprobación.

- ¿Qué es eso?

- “Pirincho” era el apodo cariñoso con que los argentinos se referían a Augusto Cicarese en la década del cuarenta…

-¿Quién era Cicarese? – preguntó con recelo Fonticelli, extrañado de no conocer un compatriota suyo.

- El inventor del lavarropas con motor de dos tiempos… - respondió William Raffo.

- Hasta aquí llegamos, queridos oyentes… - dijo Pablo Silva, haciendo enérgicos ademanes de cierre al operador al otro lado del vidrio- Será hasta mañana a las veinte horas, cuando recibamos al autor de Deja vou, el poeta Alberto Etchebarne Palmer…

6

Mientras buscaba el pequeño hotel de lujo donde le habían comentado que se hospedaba William Raffo al final de la avenida que desembocaba en el mar, el Conde Pedro P. Pereira recordó que los últimos vestigios del mozo-poeta del Almi Bar tal como él lo había conocido, se habían esfumado luego de aquella memorable reunión de camaradería ocurrida ocho años atrás en el patio de la pensión Yakarta, al regreso de la entrevista radial.

Luego de haber aceptado la gentil invitación de la vieja diva Irene Antuña a usar el baño de su amigo y cambiado su olor acre e indescifrable, tal vez una mezcla de humo de madera quemada de cajón de frutas y tinta de diarios viejos, por una agradable fragancia a la Colonia Lancaster que guardaba su amigo en la mesa de luz, sintió que era de verdad un Conde.

Pero además, Pedro P. Pereira sintió que apenas llegó el exultante William Raffo, estaba presenciando un fenómeno que nadie de los que estaba allí, era capaz de traducir en palabras.

Aquel hombre guapo y circunspecto, que hacía recordar a un misterioso palestino del Chuy, llegó sin aliento al patio de la pensión Yakarta, cruzando con gran estrépito vegetal una cortina de plantas verdes, con la mirada altiva y la sonrisa sesgada hacia la oreja derecha de quien se sabe un repentino triunfador deportivo.

Los inquilinos se pusieron de pie, lo aplaudieron y alabaron su facilidad de palabra durante el reportaje radial, pronosticándole una etapa de bonanza a partir de aquella noche, mientras Bimbi Mastretta con los ojos tan desmesuradamente abiertos y bailantes que parecían intercambiar miradas entre sí, se aproximó a él con los brazos abiertos y sensibles como si se tratara de su sobrino predilecto, diciéndole una y otra vez “¡Oh, William, oh dulce William… Qué orgullo para el país entero, quién iba a imaginar que bajo el saco blanco del humilde mozo que anda todos los días entre las mesas del Almi Bar con una bandeja de aluminio en la palma de la mano, se escondía un poeta reconocido in-ter-na-cio-nal-men-te!”

Mientras el propietario del Almi Bar terminaba con sus aspavientos verbales, la vieja diva Irene Antuña, para asombro de los presentes, hizo algo que nunca hubiera hecho en público si no fuera por la media botella de vermut que había bajado ya entre pecho y espalda: como si estuviese en una isla desierta y sin que nada se interpusiese en su camino, echó los brazos al cuello de William Raffo y lo besó largamente en la boca, sentándose luego en un rincón del patio, donde permaneció un buen rato acurrucada y enfrascada en un profundo mutismo. Algunos inquilinos la observaron de reojo, preocupados por los espesos nubarrones que se cernían sobre la pensión Yakarta.

- Supongo que ahora se irá de esta pensión roñosa…- le dijo ella poco rato después al Conde, en voz baja y sombría, mientras los demás continuaban bebiendo vermut y devorando las pascualinas y las tortillas de papas que había hecho Bimbi Mastretta para la ocasión, dándole a entender que ella no podría seguir a William Raffo a los sitios adonde, a partir del día siguiente, lo llevaría la vida. Y luego de unos segundos de reflexión, le preguntó:

- ¿Qué puede hacer más feliz a un hombre, Pedropé, tener un hijo o descubrir el mundo?

El Conde era consciente de que al acercarse a él con repentina intimidad para formularle semejante pregunta, más que el vermut excesivo había influido la fragancia a la Colonia Lancaster de William Raffo que emanaba de su cuerpo árido luego del baño reparador que se había dado. De modo que no desaprovechó la oportunidad para tutearla por primera vez.

- Querida Irene, cada cosa a su tiempo… Por ahora, usa tus artimañas para evitar que William se maree y se aleje demasiado…

Agradecida por la sugerencia, ella se mostró conmovida y se levantó de un salto. A continuación, haciendo caso omiso de las miradas sorprendidas de los inquilinos, lo tomó de la mano y mientras lo arrastraba contoneándose hasta la habitación tres, le dijo que esa misma noche le mostraría algo a William Raffo que ninguna mujer haría jamás. La vieja diva Irene Antuña se refería a la mejor de sus artimañas, aquella en la que se había esmerado en representar frente a una multitud de de tipos desconocidos en las mil y una noches del cabaret El Dado Rojo, pero que en esta oportunidad, dijo, lo haría a puertas cerradas para un hombre solo.

- Para mi hombre, para que no se vaya de mi lado - recalcó con grandísimo regocijo en un tono dulcificado al extremo por el vermut, mientras abría hacia atrás las dos puertas y lo hacía pasar.

Cuando estuvo en el interior de la habitación tres, la de ella, el cuarto privilegiado de la pensión Yakarta, el Conde de Caraguatá Pedro P. Pereira Pintor de Puerta y Portal por Precio Proporcional para Personas Pobres, no dio crédito a lo que apenas veía en aquel ambiente umbrío que olía a incienso.

En el centro de la habitación de paredes tapizadas con grandes fotografías que mostraban a Irene Antuña desnuda y con antifaz de leopardo, con muñecas arreboladas vestidas de primera comunión o de pastoras de cabras o de marineras o de colegialas colgando hacinadas del respaldo de la cama, todo bajo el resplandor mortecino de la veladora de la mesa de luz cubierta con un mantón rojo de Manila, allí, perfectamente centrado en la habitación, frente al Conde, empotrado entre el techo y el piso de madera, un caño metálico brillaba en la penumbra.

Idéntico al que había visto años atrás en algún club nocturno de la Ciudad Vieja, Pedro P. Pereira comprendió de inmediato que aquel era el obsequio secreto que William Raffo le había hecho a la vieja diva Irene Antuña con lo que había quedado de los mil dólares del tercer premio del Concurso Latinoamericano de Poesía de La Serena, Chile.

Ella le indicó por señas que tomara asiento sobre el baúl apenas visible en las sombras del rincón. Acto seguido, mientras encendía un radio grabador con la música de la película “El show debe continuar”, ella se descalzó y comenzó a desnudarse al otro extremo de la habitación, apartada del centro marcado por el caño de plata.

Atraídos por la música espectacular que venía del pasillo, los inquilinos no demoraron en abandonar el patio, los vasos y la mesa del festejo, atravesaron la selva de macetas con malvones y cretonas y se agolparon frente a la puerta abierta de par en par de la habitación tres.

La turbación que la escena produjo en los presentes no tenía límites. Nadie ignoraba el tipo de trabajo que había realizado Irene Antuña en sus tiempos de esplendor en el cabaret El Dado Rojo, tal vez diez o doce años atrás. Pero ninguno de los presentes, en realidad, por azar o por lo que fuese, había disfrutado alguna vez de su leyenda.

El Conde se sentía feliz tanto por haber hallado un sitio de preferencia en aquel baúl apartado en la penumbra, como por haber sido invitado por ella a un espectáculo de lo más profano, improvisado por obra del vermut y al margen de las obligaciones de cualquier tipo que pudiera tener en su historia privada con William Raffo.

Alguien, afuera, apagó la luz del pasillo para que no hubiese arrepentimientos.

Cuando aquella mujer sin igual emergió de las sombras con los ojos entornados para abrazarse desnuda al caño de plata envuelta en música, todos los que pugnaban por encontrar un sitio en el ruedo formado en la habitación tres, tenían calor. La vieja diva Irene Antuña apoyó en la base metálica un pie de uñas pintadas, levantó lentamente la otra pierna flexionada y se impulsó de pronto en un giro rápido y grácil hasta quedar de frente a los espectadores, dejando el caño de plata hundido entre sus dos globos nacarados de piel humana. Quedó así un instante, estática dentro de un rojizo resplandor. La luz tenue y coloreada por el mantón de Manila que cubría la lámpara al costado de la cama, le daba a sus hombros, a sus caderas y al muslo de la pierna apoyada como una columna torneada sobre el piso de madera, una textura de lanas y de espuma, mientras su cuerpo caliente despedía un olor húmedo, como de algas circulando alrededor durante la marea baja.

Años después, emocionado, el Conde juraría que desde el baúl donde estaba sentado, había sentido en su pescuezo curtido por la intemperie del Parque de los Aliados, el aliento violeta de la vieja diva Irene Antuña, un aliento de pausada perseverancia que ignoraba con maravillosa dignidad los años del cuerpo, arrugas y pliegues de la piel que nadie, en la habitación tres, alcanzó a ver por más que lo intentara.

Cuando ella volvió a girar con las manos aferradas en lo alto para ofrecer la planicie de su espalda bajando sin fin hasta los montes del culo, William Raffo se abrió paso a empujones entre los espectadores y sin dudarlo un instante la abrazó, cubriéndole su gracia desmayada, deteniendo las evoluciones para siempre. Ignorando lo que ocurría detrás, William Raffo no se apartó de ella hasta que los murmullos se calmaron y desapareció por el pasillo el último de los espectadores, dejándolos solos en la habitación cerrada.

Acompañado de Bimbi Mastretta, el Conde salió afuera, abandonó la pensión Yakarta y durante un trecho caminaron juntos por la calle Durazno, enmudecidos por la ensoñación.

Cuando se separaron frente al Almi Bar, la noche había caído sobre Montevideo.

7

De lo que ocurrió después, no es mucho lo que el Conde Pedro P. Pereira pudo reconstruir, pues la mayor parte de la historia se repartió entre Europa y los Estados Unidos. Mientras caminaba por la rambla de Pocitos frente a un mar embravecido por el viento, recordaba que un par de semanas después de aquella noche inolvidable en la pensión Yakarta, William Raffo respondió a la invitación telefónica que le habían formulado durante la entrevista en Sopa de Letras y dio su primera conferencia en el Hotel Radisson para empresarios, periodistas y coquetos oficiales de la Marina acostumbrados a planchar sus uniformes de gala en alta mar. El tópico fue Mitos y enigmas en la historia de la plancha, tras lo cual el ex mozo del Almi Bar obtuvo a cambio sus primeros quinientos dólares por concepto de honorarios.

Fue la primera vez en su vida que el Conde Pedro P. Pereira tomaba asiento en la silla tapizada y mullida de un lujoso Centro de Conferencias, gracias a los buenos oficios de William Raffo que le permitieron ingresar por una hora a ese mundo desconocido.

Por fortuna aquella noche de truenos y relámpagos llovía a cántaros, por lo que su desafortunada apariencia de todos los días se vio casi disimulada con la flamante gabardina negra de segunda mano, el par de botas de goma y el paraguas que le había obsequiado su amigo con motivo del premio del Concurso Latinoamericano de Poesía de La Serena, Chile. Hubiese pasado totalmente desapercibido, de no ser tanto por el amarillo rabioso de las botas de goma, como por las huellas mojadas que iba dejando a su paso por el piso encerado, tan groseras como las que hubieran dejado las ruedas embarradas de un camión del ejército marchando por un salón de recepciones. Lo cierto fue que aquella conferencia magistral rompió todos los esquemas conocidos en el Hotel Radisson. Con el aire campechano y el humor contenido que había adquirido durante los años de “camarero del Almi Bar”, William Raffo se presentó con decorosa franqueza y comenzó relatando su vínculo filosófico con el acto de planchar, hasta desembocar en su actual condición humana y su relación personal con la indumentaria.

“Cerrar el puño sobre una plancha es tal vez el acto más íntimo de dominio sobre uno mismo”, dijo en cierto momento, agregando que se atrevería a asegurar que solo el gesto anacrónico de empuñar una espada, podría equiparársele en potencia a la hora de tener una genuina sensación de poder, lo que lo llevaba a inferir que la plancha había sido desde sus orígenes un instrumento masculino.

Para fortalecer su argumento, William Raffo pidió que disminuyeran la luz del salón y exhibió algunas diapositivas con estampas de la dinastía Jin en tiempos de Confucio. En ellas podían verse artefactos del siglo IV semejantes a planchas rudimentarias provistas de un mango y calentadas por medio de brasas ardientes, sostenidas por chinos con aspecto de guerreros del Emperador, concentrados en la tarea de planchar sus prendas antes de la batalla mientras a su lado se mantenía viva una formidable fogata.

Antes de terminar con la última diapositiva, agregó que hasta bien entrado el siglo XIX, cuando apareció el gran Henry W. Seely, “el fuego fue el gran aliado de las planchas primitivas”.

Uno de los empresarios aprovechó el silencio al final de la exhibición, para identificarse como el fabricante de hipoclorito de sodio que lo había llamado durante el programa de Sopa de Letras y le preguntó de qué manera se había trasladado la plancha de Oriente a Occidente.

William Raffo respondió que eran muchos los años de historia que respaldaban a esta obstinada herramienta doméstica nacida con el único objetivo de presentarle batalla a las odiosas arrugas, pero que a juzgar por algunos datos encontrados en España, se inclinaba por la hipótesis de que habría ocurrido alrededor del año 1100 durante la primera Cruzada, cuando los príncipes de Europa arrebataron Tierra Santa a los sarracenos. De acuerdo a lo que había leído en la Guía del viajero en Alcalá de Henares escrita en 1882 por Liborio Acosta de la Torre, canónigo de la Catedral Magistral de Alcalá, se habrían encontrado indicios muy interesantes en la estructura del enigmático Palacio Laredo de Alcalá de Henares. En particular dentro del fastuoso Salón de los Reyes, construido con piedras desmontadas y trasladadas del antiguo castillo de Santorcaz por el arquitecto Manuel Laredo en el siglo XIX, con la intención de regalarse su “precioso hotel de capricho”. En ese lugar, dijo William Raffo, las ménsulas donde se apoyan los nervios del Salón de los Reyes presentan escudos pintados con un león rampante en oro sobre campo de plata, rememorando la heráldica del arzobispo Tenorio, constructor del castillo de Santorcaz. En uno de esos escudos, en el que se homenajea a Godofredo de Bouillon, primer Rey de Jerusalén y Defensor del Santo Sepulcro, entre los símbolos del espino, la rosa y la zarza, se ve claramente una plancha de oro de la que brotan pequeñas llamas, flotando sobre el Santo Sudario recogido por el apóstol Pedro cuando encontró vacío el sepulcro de Cristo.

William Raffo aventuró que no era descabellado pensar que el Triángulo Enigmático de la Orden del Temple, adquiría un nuevo significado si se lo integraba con el Sudario Sagrado guardado en la catedral de Oviedo, el Santo Grial cuyo misterio está aún sin resolver y la Plancha Sacra trasladada por los últimos caballeros templarios al sótano de la pequeña abadía de Bannockburn en la Isla de los Demonios, próxima a las costas de Terranova, artefacto que solo al Papa se le permitiría contemplar en caso de que se tomara la molestia de ir hasta allí.

De ser así, el Santo Grial no habría contenido en su origen el vino ritual como se creía, sino el agua bendita con que se rociaba el Santo Sudario antes de ser alisado por sus custodios con la Plancha Sacra.

- Pero estas son solo anécdotas… - terminó diciendo William Raffo con su aire misterioso de palestino del Chuy – Detrás está la inmensa espesura de la Historia.

Cuando finalizó la conferencia y se inclinó ante aquel auditorio con el que había establecido una química inmediata, fue aplaudido de pie durante un par de minutos. Muchos se aproximaron a saludarlo, intercambiaron fórmulas de cortesía y comentaron sus novedosas reflexiones sobre el arte de encontrarse a sí mismo a través de aquel oficio al que jamás imaginaron como un generador de transformaciones interiores.

El último en abordarlo fue el Embajador de Francia, un caballero afable que si bien no le escamoteó simpatía, se mostró agradablemente enigmático al momento de invitarlo a tomar un café en la Embajada al día siguiente. Al fin, lo dejaron ir.

Con la misma discreción del principio, el Conde Pedro P. Pereira abandonó el Salón de Conferencias, atravesó sin ser notado el bullicioso hall de entrada y salió afuera donde respiró hondo el aire húmedo y frío de la noche.

La lluvia se había detenido. Poco rato después, apareció William Raffo y empezaron a andar, abandonándose a las sombras grisáceas y desteñidas que se abalanzaron sobre ellos.

Tras caminar largo rato por la calle Durazno en dirección al Almi Bar donde se habían prometido una cerveza, el Conde escuchó al fin la pregunta que su amigo, desde el mundo subterráneo de la vanidad, trató infructuosamente de no hacer:

- ¿Cómo estuve, Pedropé?

- Eso no se pregunta, se siente… - respondió lacónico el Conde de Caraguatá.


8

Quince días después de la conferencia, William Raffo desapareció del mapa sin dejar el menor rastro. Se marchó con su valija, su ropa y sus libros, sin despedirse de nadie y sin pagar los tres últimos meses de alojamiento en la pensión Yakarta.

La vieja diva Irene Antuña se sumió en una depresión que no la abandonó por mucho tiempo, hasta que un año más tarde se enteró por Bimbi Mastretta de que el muy desgraciado se encontraba en Europa, gracias a la invitación que le había formulado el embajador francés para ir con todos los gastos del viaje cubiertos por la Embajada, al pequeño pueblo de Verneuil-en-Bourbonnais, en la región de la Auvernia francesa, para visitar el Musée du Lavage et du Repassage, el templo más completo de la plancha que se conoce.

La noticia le había llegado al propietario del Almi Bar en un sobre con matasello del correo francés que contenía una carta y una fotografía. La compasión por la amante abandonada de la pensión Yakarta lo llevó a enseñarle solo la fotografía, en la que se veía a William Raffo de lentes de sol, sonriendo con una plancha en alto frente a la fachada de una antigua casa de Verneuil acompañado, según rezaba en apurada caligrafía, del “ancien Conservateur du Musée Jacques Lebrun y de Madame Micheline Paillet, Présidente du Musée.”

En la postal no daba ninguna explicación de la forma reprobable en que se había ido de Montevideo.

Sorteando abruptamente el cerco de la tristeza y la depresión, la vieja diva Irene Antuña emitió un chillido de furia que hizo dar un salto atrás al desprevenido Bimbi Mastretta, al tiempo que tiraba lejos la fotografía.

- ¡Se fue sin mí el hijo de perra, se fue sin mí! – gritaba agitando los puños mientras daba vueltas como una tigra hambrienta por el patio de la pensión - ¡No olvides lo que voy a decir, Bimbi: juro por esta luz que me alumbra, que ese infeliz me las va a pagar antes del día en que muera puto y solo!

El propietario del Almi Bar le comentaría más tarde al Conde que a ella le asistía algo de razón, porque una noche en que Irene Antuña y William Raffo se emborracharon juntos en el bar, luego de recitar a dúo el poema ¿Y yo qué? para los parroquianos que desconocían su condición de poeta, él mismo le había escuchado prometer que algún día la llevaría a París y le haría conocer las intimidades del cabaret Moulin Rouge, en cuyos depósitos estaban celosamente guardados históricos caños de plata de vedettes memorables.

En una palabra, el tipo no debió abandonarla de la forma en que lo hizo, aunque a juzgar por las primeras noticias llegadas de Europa, la vieja diva Irene Antuña no las hubiese pasado bien al lado de William Raffo.

En la carta por demás triste y que por piedad Bimbi Mastretta no le mostró a la regenta de la pensión Yakarta, William Raffo comentaba que durante una sobremesa tensa de sinceramientos en su deliciosa casa de Verneuil, Monsieur Lebrun le había recriminado haber hecho aquel comentario temerario de que la plancha era un instrumento masculino por excelencia y que él había apoyado con las estampas de los guerreros chinos durante la conferencia del Hotel Radisson de Montevideo. Para convencerlo de que no era así o por lo menos para que le concediese el beneficio de la duda, Monsieur Lebrun le sugirió viajar a los Estados Unidos y visitar algún día el Museo de las Bellas Artes de la ciudad de Boston, donde se conserva una pintura sobre seda denominada Mujeres que preparan la seda, realizada por el Emperador chino Hui Tsung en el año 1122. Al contrario de lo que él había afirmado, en esa pintura podía verse a mujeres asiáticas utilizando para alisar la toga imperial, una especie de cacerola con mango de bronce y repleta de brasas, decorada con símbolos de larga vida y felicidad.

A continuación, William Raffo confesaba avergonzado que más confuso aún había quedado cuando Monsieur Lebrun, tras cuestionarle su sonada hipótesis sobre el pasaje de la plancha de Oriente a Occidente a través de los templarios de Jerusalén, se levantó de la mesa ante la mirada silenciosa de Madame Paillet y se detuvo frente a una pequeña vitrina que exhibía un tosco objeto de hierro crudo, de edad indefinible.

“Nada se sabe del tal pasaje de Oriente a Occidente. Absolutamente nada, mesié Raffó”, le había dicho el francés, “¿Qué diría usted si yo le dijese que es posible que hubiese ocurrido exactamente a la inversa o, por lo menos, factible de que se tratase de fenómenos simultáneos?... ¿Eh?... ”

Según lo que William Raffo relataba en la carta, el hombre sacó de la vitrina aquel objeto de hierro y luego de mostrárselo sin permitir que lo tocara, le dijo que varios siglos antes de las Cruzadas, Julio César lo había atesorado como un trofeo de la conquista de las Galias. Aquel artefacto no era otra cosa que la plancha del caudillo galo Vercingetórix, quien tras ser derrotado junto a sus hombres teñidos de azul para parecer más feroces, fue llevado a Roma y ejecutado luego de seis años de cautiverio. Cuando bajaron su cadáver de la rueda de la muerte donde fue exhibido ante la chusma romana, de su cintura aun colgaba, atado con un tiento de cuero, aquel elemento de hierro con el que acostumbraba a quitar las arrugas a su tosca vestimenta.

Al final, William Raffo le relataba a Bimbi Mastretta que en el remoto pueblo de Verneuil, había pasado la humillación más grande de su vida.

Luego de volver la plancha de Vercingetórix a su sitio, Monsieur Lebrun no volvió a la mesa. Se quedó de pie, al lado de la vitrina, mirándolo a los ojos. Al fin, con la típica voz áspera y cansina de un campesino de la Auvernia, le dijo: “Disfrute de su fama mientras pueda, mesié Raffó. Yo no diré a nadie que usted es un farsante. Ahora, váyase del pueblo. Y si es posible, también de Francia.”

Acto seguido, justo cuando el reloj cucú anunció la medianoche, Monsieur Lebrun lo tomó de un codo, lo condujo hasta la puerta y lo dejó solo en medio de la vereda oscura de aquel pueblo desconocido.

Pocos días después de aquel episodio, con el pretexto de que el ambiente francófilo le resultaba asfixiante, William Raffo se marchó a Italia, donde repartió su estadía entre charlas con estudiantes universitarios en Bologna y cursos para empresarios de la moda masculina en Milán, que lo iniciaron a una pequeña pero suculenta fortuna.

De aquella experiencia Bimbi Mastretta guardaba una lujosa fotografía en la que se veía un grupo de apuestos ejecutivos italianos que lucían sus torsos desnudos, mientras se aprestaban a planchar sus propias camisas. Se les veía de pie, cada uno al lado de su mesa de planchar, como pilotos de Fórmula Uno empuñando modelos exclusivos de planchas Rowenta Perfect, Polti Vaporella, Bosch TDA, Siemens TB y hasta una Solac compacta como la que había soñado el mozo del Almi Bar por los tiempos de la pensión Yakarta. Frente a ellos, un William Raffo de piel tostada por el verano europeo, con una camisa blanca desabrochada que dejaba ver una fina cadena con una diminuta plancha de oro colgando sobre el pecho, sonreía para el fotógrafo.

- Se va a volver puto nomás, como decía Irene… - dijo el Conde, asombrado de las transformaciones de su amigo.

Luego de aquella fotografía enviada desde Torino, no fue mucho más lo que se supo de William Raffo durante los años siguientes. En una entrevista de dos páginas en la revista Vogue titulada William Raffo: Un triunfador entre las arrugas de la existencia y el hobby de planchar, el Gran Alisador de Arrugas anunciaba una gira por los Estados Unidos invitado por una mujer desconocida, que tenía la obsesión de apartar por un mes a su amigo Bill Gates del limitado mundo de la cibernética, para introducirlo en su propio e insondable mundo interior a través del arte de planchar.

- William no está bien… - dijo con preocupación el Conde Pedro P. Pereira, mientras miraba acodado en la barra del bar las fotografías del reportaje.

- Es verdad… - respondió anonadado Bimbi Mastretta, al reparar en las canas, las arrugas de la frente y unas preocupantes bolsas oscuras bajo los ojos de William Raffo – En esos ambientes de frivolidad, el que no se vuelve loco es cantor.

Meses más tarde, en la extensa y última carta procedente de Nueva York, William Raffo le escribió a Bimbi Mastretta que efectivamente no se sentía bien. Se alimentaba a salchichón, vivía tendido boca arriba con los ojos abiertos en la oscuridad y tenía miedo de morirse solo como un perro en el hotel piojoso del Bronx donde había decidido esconderse del séquito de alcahuetes hispanos que lo rodeaban sin darle tregua alguna y que, para colmo, querían aprender a planchar gratis. En realidad, le seguía confesando a Bimbi Mastretta, había empezado a cuestionar seriamente sus caminos hacia aquella engañosa transformación interior que, al fin de cuentas, lo estaba arrastrando literalmente por el mundo con una plancha en la mano sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

“Apenas si logré sacar fuerzas de flaqueza para negarme al pedido de la mujer desconocida que solicitaba asistencia para Bill Gates”, escribió William Raffo, agregando que entre todas las invitaciones desechadas, “había desoído hasta los ruegos de un general de Dakota del Norte para que le planchara su flamante uniforme de fajina, antes de ser destinado a Irak.”

Nada le satisfacía, nada le motivaba. Ni siquiera tenía deseos de tomarse un tren hasta Boston para observar la pintura del emperador Hui Tsung sobre las mujeres chinas que planchaban seda, como le había sugerido años atrás Monsieur Jacques Lebrun en su museo de Verneuil. Es más, a esa altura de su vida le importaba un carajo la validez o no de sus hipótesis sobre la masculinidad del cuestionable artefacto doméstico.

La carta finalizaba con su decisión de abandonar Nueva York y volver a Montevideo lo más pronto posible. “Ayer por la tarde fui caminando hasta el cementerio de Green Wood para visitar la tumba de Henry W. Seely, el inventor de la plancha eléctrica. Allí, por primera vez en mi vida, me arrodillé a rezar por mí. Cuando terminé, le manifesté a Henry mi admiración por su resistencia a los choques eléctricos, su coherencia y su compromiso con la vida, aunque fuese a través de un objeto tan estúpido como la plancha. Y luego de dejar mi Solac CVG 9800 sobre su tumba, me fui del apacible lugar un poco más aliviado. Así sea lo último que haga, querido Bimbi, volveré a Montevideo al barrio Palermo que me vio nacer”, terminaba diciendo William Raffo.

Cuando Bimbi Mastretta al otro lado del mostrador terminó de leer el último párrafo con voz quebrada por la emoción, escondió el rostro entre los brazos afirmados sobre el mármol y lloró en silencio.

Incómodo por la situación, el Conde Pedro P. Pereira vació de un trago su ginebra y luego miró con discreción hacia los parroquianos de las mesas del bar, reprimiendo el extraño deseo de infundirle ánimo con una caricia en la cabeza.

- No te pongas así, Mastretta… - fue lo único que atinó a decir.


9

Era de noche y la luna llena se había levantado sobre el mar, cuando el Conde encontró a William Raffo hospedado en el Hotel Florio, frente a la plaza Gomensoro y a una cuadra de la costa.

El conserje pelirrojo y de corbatín negro estaba limpiando el pequeño cañaveral que ocultaba los sillones floreados del hall, cuando lo vio entrar. Sin dudarlo detuvo la tarea y con expresión severa le dijo que se retirara de inmediato.

- No vengo a pedir nada… - se ofuscó el Conde, a sabiendas de que su aspecto de vagabundo había inspirado la hostilidad del otro - Quiero ver al señor William Raffo.

- Siempre y cuando él lo quiera ver a usted… - dijo el pelirrojo pasando a su lado como un viento y ocultándose en el rincón de la recepción donde tenía el teléfono. El Conde detectó el olor agrio de los que se visten bien por obligación, pero no tienen una relación cordial con el jabón.

El conserje asomó su cabeza de zanahoria, le anunció que ya bajaba y se volvió a ocultar.

William Raffo no lo hizo esperar mucho. Cuando apareció, el Conde tuvo que hacer un esfuerzo para reconstruir su imagen. Su paso se había vuelto inseguro, había enflaquecido peligrosamente y sus mejillas parecían secas y ajadas. Se acercó sin decir palabra hasta donde estaba el Conde que no había abandonado su lugar cerca de la puerta y lo abrazó con un vigor algo exagerado. El Conde notó que su amigo olía bien. Muy bien. Givenchy.

Cuando se separó para mirarlo de arriba abajo, William Raffo pareció recuperar aquella lejana sonrisa juvenil de palestino del Chuy, aunque sus ojos denunciaban la profunda y apagada tristeza del hombre que ha visto morir su última ambición.

- ¡Pedropé, querido! – exclamó con el paternalismo de otros tiempos, mientras lo tomaba por los hombros - ¡Qué alegría!

- A mi también me da alegría verte… - dijo el Conde, observando que el antiguo mozo del Almi Bar lucía un traje color arena tan arrugado, que cualquiera hubiera asegurado que había dormido vestido tres días seguidos.

William Raffo acentuó la sonrisa y le aclaró la extrañeza, mientras se abría la chaqueta como un viejo modelo de pasarela de modas.

- Es de lino y el lino no se plancha…- dijo, volviendo a repetir que le daba mucha alegría verlo igual que la última vez.

- A mí también me da alegría verte… Pero vengo a comunicarte algo importante: tienes que pagarle los tres meses de alquiler que le debes a Irene Antuña.

Al escuchar lo que había dicho el Conde, no se ofendió ni denotó molestia alguna. Por el contrario, luego de observar las palmeras de la plaza agitadas por el viento, dijo con voz apagada que deseaba ir en ese mismo instante hasta la pensión Yakarta, arreglar lo que hubiese que arreglar y quedar en paz con la vida.

Sin decir más, William Raffo volvió a su habitación, recogió su maleta, pagó la cuenta del hotel y lo invitó a que lo acompañara en un taxi hasta la pensión Yakarta.

Durante el trayecto el Conde dejó de mirar la luna llena levantándose sobre los edificios y lo observó de reojo, atraído por la forma en que su amigo había dejado caer el mentón sobre el pecho y cerrado los ojos.

- ¿Está muy vieja ella? – preguntó de pronto, irguiendo la cabeza.

El Conde Pedro P. Pereira sonrió con picardía, en el preciso instante en que habían llegado a destino.

- Los viernes de noche hace para nosotros un espectáculo caliente en el caño de plata. Y hoy es viernes…- dijo mientras se bajaban del taxi.

Mientras William Raffo permanecía inmóvil en medio de la vereda con la maleta en la mano, un poco encorvado en su traje claro de otoño, el Conde golpeó tres veces con la pequeña mano de bronce que pendía de la puerta de la pensión Yakarta.

Cuando al fin se abrió con un chirrido vibrante del pasador, la vieja diva Irene Antuña apareció enmarcada en el zaguán y se quedó paralizada por la sorpresa, abriendo con desmesura su boca pintada de rojo como un as de corazones.

El Conde le guiñó un ojo con intención conciliadora, rogándole sin palabras que fuera buena con la oveja descarriada que tenía detrás y se dispuso a irse lejos de allí, tal vez a la fraternidad sin fin del Parque de los Aliados.

De pronto, ella recobró su compostura, afirmó los puños sobre el ancho cinturón de charol negro que ceñía su cintura y observó con ojos de fuego al hombre desaliñado y retraído que esperaba en la vereda.

- ¡Mira quién está aquí! – dijo ella con una fuerte carga histriónica, al tiempo que daba un paso atrás - ¡Pero mira quién está aquí! Y ahora… William Raffo… ¿Cuál es tu hobby?

Después de observar con melancolía la figura del Conde silbando el tango Volver mientras se alejaba por la calle Durazno buscando en lo alto las resplandecientes regiones de la luna, William Raffo movió la cabeza a un lado y otro y miró largamente a los ojos a la vieja diva Irene Antuña, exhibiéndole a la luz del zaguán las arrugas de su frente.

- La poesía… - dijo.