EL ÚLTIMO VIERNES

Juan Carlos Onetti (inédito)

En cuanto lo hicieron pasar, Carner comprendió que aquel viernes iba a ser distinto. Creyó recordar tímidas premoniciones, trató de protegerse despidiéndose de la larga sala de espera que acababa de dejar, de la noche o el día eternos que imponían los tubos fluorescentes, de la humanidad pobre y silenciosa que se rozaba los hombros sin respaldo, conservando rígidos los cuerpos durante horas, temiendo que su abandono significara la renuncia a su esperanza.

Se despidió de tantas semejantes, confundibles tardes de viernes que había elegido para visitar a Miller o ya, desinteresadamente, para visitar la Jefatura, atravesar el saludo de policías de uniforme y perder la noción del tiempo entre los hombres y mujeres que llenaban la sala de espera, sin rostros, sustituibles, tal vez diferenciados en secreto por anécdotas de la desgracia.

Había elegido los viernes porque era su día franco en el diario y porque Hilda lo usaba para ir a la iglesia. Había olvidado la probabilidad de un gran empleo en provincias, y gastaba en paz los viernes oyendo fanfarronear a Miller, fumándole los cigarrillos, midiéndole la miseria, haciéndole feliz con su atención y aceptándole los billetes doblados que le ponía en la mano al despedirlo.

Comprendió que aquel viernes iba a ser distinto, y acaso el último, porque Miller modificó de manera absoluta la farsa de la recepción y también el papel que le había asignado. No lo esperaba sonriente en el medio de la habitación, pequeño, cordial, gordo, juvenil, alargando los brazos para tomarle una mano y palmearla mientras recitaba con lentitud su discurso de bienvenida y sorpresa, en el que las erres inevitables arrastraban su húmeda blandura. El Miller de aquella tarde estaba sentado detrás del escritorio, fingiendo leer y corregir, en mangas de camisa y sin corbata, sudando apenas en el primer calor de la primavera. “Me vas a decir que es inútil que siga viniendo, aunque hace tantos viernes que no hablamos del empleo ni pensamos en él. No va a cumplir con la cuota semanal, no me va a dar un solo peso, justamente hoy, la primera vez que hice planes contando los billetes colorados”. Carner armó una sonrisa tranquila, indiferente y estuvo esperando a que el otro lo mirara; dos pisos más abajo, en el patio embaldosado, sonaron las botas, culatas, órdenes, removiendo el aire tibio de la tarde que empezaba a declinar, asustando a los insectos que anidaban en las hojas muertas de la victoria regia.

-Sentate -dijo Miller sin alzar los ojos.

Con calculada violencia, Carner tiiró el sombrero sobre el escritorio y ocupó la silla de brazos. Alzó la tapa de la pesada caja de madera siempre llena de cigarrillos ingleses, tomó uno y la dejó abierta. Tironeó la cadenita del encendedor del escritorio y sopló el humo hacia delante, hacia la cabeza inclinada y redonda, de pelo rubio y escaso. Miller cerró la carpeta e introdujo de nuevo la lapicera en el tintero; miró la caja de cigarrillo abierta y eligió uno.

-Gracias -dijo con ironía y sin sonreír: Lo encendió con un fósforo, recostó la cabeza en el respaldo de cuero del sillón y chupó el cigarrillo, una vez, con los ojos cerrados, sin tragar el humo. Luego abrió los ojos y estuvo examinando la sonrisa de Carner, ya un poco ajada, desprovista de sentido visible.

- ¿Qué te pasa? -preguntó.

- Nada -dijo Carner-. Vos sabes que hace años que no me pasa nada, nada que importe de veras. Pero soy feliz por si vas a preguntarlo. Me cago en todas las cosas y en todas las cosas que se te puedan ocurrir. Prontuario de Carner, José, de treinta y un años de edad, casado o viudo, periodista.

Entonces Miller sonrió, pero era la sonrisa dulzona, retrospectiva y deliberadamente nostálgica de las tardes de los viernes. “Así debe sonreír cuando un pobre infeliz, sentado en esa silla, empieza a mentirle para salvarse. Así, con paciencia y seguro, agradecido -al Dios de las tribus en que debe seguir creyendo, y sino en él, a los del padre y del abuelo que le quedaron como rastros de barba- de estar en ese lado del escritorio y no en éste, y creyendo también que lo merece.”

-Apasionado y no del todo exacto -dijo Miller, y se inclinó para acercarle un cenicero-. Treinta y dos años. Y la profesión declarada parece no ser la única. No se trata de fulltime. Muchas veces hablamos de Hilda, de una mujer llamada Hilda.

- Sí. Muchas veces. Vive conmigo, vivo con ella, vivimos juntos. ¿Qué pasa con ella?

- Poco, nada extraordinario. Hasta llegaría a decirte que no pasa nada si no fuera tu mujer.

- Mi mujer -Carner rehízo su sonrisa, clara, insultante, pero no estaba dirigida a Miller-. Nunca tuve, conocí o toqué a una mujer que fuera mi mujer. Hay una pieza de pensión que pagamos a medias, dormimos juntos, suceden con frecuencia momentos que me autorizan a decir sin mentira que vivimos juntos. En uno de ellos pensaba cuando lo dije recién. Puedo contártelo. O tal vez me ordenes que te lo cuente, comisario.

Miller echó la cabeza hacia atrás y contempló al otro desde el respaldo, hizo con los labios una mueca dulce y misteriosa.

- Me impresiona haberlo sabido hoy -dijo-. Las coincidencias me llenan de sospecha. No traté de averiguarlo, vino sólo. ¿Hilda Montes? Libertad 954. El informe dice, sin originalidad, que ejerce la prostitución. Y al parecer el 954 no contiene más que prostitutas y cafishios. Tu casa.

Vivo ahí. En el F del segundo piso. Hasta te invité, creo, a que fueras una noche. No me importa lo que haga Hilda para ganar dinero. Es decir, no me importa en ningún plano moral. En el plano que cuenta, me interesa, la escucho y a veces le hago preguntas. Tampoco es por razones morales que pago la mitad del alquiler y como de mi dinero. Algunas noches, es cierto, y también por coincidencia en noches de viernes, salimos de paseo y ella paga todos los gastos. Si la quisiera, viviría sin escrúpulos del dinero de ella. Sólo un imbécil, y no lo sos de esa manera, podría creer que exploto a una puta habiéndome una vez mirado el traje, la camisa, los zapatos. Todo esto es ridículo y aburrido. A vos, pienso, debe bastarte con mirarme a la cara.

Miller tosió el humo y se puso a reír, nervioso, entornando los ojos, mostrando los blancos dientes de muchacho. Se puso de pie, rodeó la mesa y apoyó una mano en la espalda de Carner.

- Es la maldita coincidencia -dijo-. Bendita, si preferís. Ya veremos.

- Sí. Y la coincidencia de que sea éste el primer viernes que vengo a visitarte pensando en los veinte pesos habituales, con un destino concreto para ellos. -La presión de la mano fue sustituida por una palmada; Miller caminó lentamente y acomodó una nalga en la esquina del escritorio. Encendió otro cigarrillo y estuvo mirando con una novedosa curiosidad la cara flaca y oscura de Carner-. Esta coincidencia y la de que Lucía se esté muriendo. Con diez pesos iba a comprar un libro de posturas para mirarlo esta noche con Hilda. Los otros diez los iba a guardar, no por mucho tiempo, según me avisaron, para comprarle flores a Lucía. Esta es la coincidencia de hoy; no es plata el contraste del destino de los dos billetes de diez pesos que esperaba. Recién ahora pienso en eso y me resulta natural, gris, desprovisto de trascendencia.

Sonó un timbre en el escritorio y Miller dijo una palabra sucia.

- Esperá.

Fue a ponerse el saco y la corbata, salió por la puerta del fondo, de madera pesada y brillosa, rodeada por el panel trabajado y profundo.

Entonces Carner se apoyó en la mesa y pensó sin amor en el viernes, en el reiterado, escondite idéntico y cambiante viernes que acababa de terminar para siempre.

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Publican relato inédito de Onetti en homenaje por su centenario

“El último viernes” fue escrito a lápiz cuando vivía en buenos aires

La revista española Turia publicó un relato inédito del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, titulado “El último viernes”, en homenaje por el centenario del nacimiento del Premio Cervantes que se cumplirá el 1º de julio.

“El último viernes” -escrito a lápiz, en un cuaderno de tapa dura y sin renglones- cuenta la historia del periodista Carner y sus visitas y entrevistas al policía Miller. Se trata de un cuento escrito cuando Onetti (1909-1994) vivía en el barrio San Telmo, en la ciudad de Buenos Aires, en el que se demuestra, según el escritor hispano-uruguayo Fernando Aínsa, que para el Premio Cervantes la literatura era “mentir bien la verdad”. “De ahí que ocultara en sus relatos los aspectos más evidentes de una acción o un argumento para darle un aura de ambigüedad y hacer relativa toda posible certeza”, dijo Aínsa, coordinador del monográfico que dedica la revista cultural Turia a Onetti.

El escritor murió el 30 de abril de 1994 en Madrid, donde se había exiliado tras ir preso tres meses por integrar un jurado que premió un cuento calificado de “pornógrafo” y “subversivo” por la dictadura uruguaya (1973-1985). La revista Turia incluye en su último número artículos para comprender la obra del autor de cuentos como “El infierno tan temido” o “El Astillero”. Por otra parte, Vargas Llosa dará hoy una conferencia para conmemorar el centenario del nacimiento del escritor uruguayo en La Casa de América de Madrid. Para el homenaje también se efectuará la proyección del relato “El infierno tan temido”, incluido en la representación teatral “La verdad de las mentiras”, con Vargas Llosa y la actriz española Aitana Sánchez Gijón. El laureado novelista peruano presentó en noviembre del año pasado un ensayo que recorre la obra de Onetti, a la que describió entonces como una “alegoría” del “gran fracaso” de América Latina.

Dolly Muhr: "Onetti era perezoso, pero sobre todo indagador, por eso no dejó de escribir ni de leer"

Su viuda pasa estos días en Madrid para acudir junto a Vargas Llosa a los actos del centenario del escritor uruguayo

Reportaje de Marta Caballero (www.elcultural.es - 17/06/2009 )

Hay una botella de vino descorchada en un salón con paredes de papel estampado, en una fotografía de color setentero. En el centro de la imagen, un Cortázar risueño atiende a un ejemplar recién regalado por Juan Carlos Onetti, también presente. Las otras dos invitadas a la cena son Carol Dunlop y Dolly Muhr, esposa del escritor uruguayo. Emocionada, y cansada con tanto ajetreo, esta mujer de la foto, aún de alta presencia, afronta, hoy ya mayor, los actos que van a festejar el centenario del nacimiento de su marido. Una catarata de compromisos y un precio que paga con gusto por haber sido la compañera de Juan Carlos Onetti, efecto que también lleva a gala. “¿Cómo no? Era el hombre más maravilloso del mundo”, sentencia. Este martes, entre amigos, acudió a la inauguración de una muestra de fotografías, dibujos, libros y vídeos dedicada al escritor en la librería Centro de Arte Moderno, donde recordó, en el difícil trance que siempre es para ella el regreso a Madrid, algunas anécdotas del autor de Juntacadáveres. Allí, en una pequeña sala, las otras estelas de Onetti, más allá de sus obras, pueden contemplarse: desde su amor por la novela negra al Cervantes, de los encuentros con los amigos, a Dolly.

PREGUNTA.- ¿Cómo relee su viuda a Onetti?

RESPUESTA.- Con mucha asiduidad, constantemente. Sobre todo por las traducciones y nuevas ediciones que superviso, pero también regreso a él siempre por gusto. Últimamente releo mucho los ensayos de Confesiones de un lector.

P.- Es sabida la devoción que usted tenía por su marido. Tras escribir un libro sobre mujeres de escritores, en el que conversó con usted, José Tcherkaski llegó a decir que ojalá a él le tocasen 10 minutos del amor que usted sentía por Onetti...

R.- Cómo no sentirlo, para mí era maravilloso. Fue un descubrimiento. Yo venía de una familia normal, burguesa, en la que todos éramos músicos. Leíamos mucho, eso sí, y en varios idiomas, pero al conocer a Juan descubrí un mundo completamente diferente, de ambientes distendidos y personajes exóticos. Una vida sin horarios, porque él podía venir a las tres de la mañana y decirte: “Toma, lee esta carta”.

P.- En contra de lo que se piensa y del poso de pesimismo y frustración que tiene su obra, usted siempre define a su marido como un hombre curioso, que nunca perdió el interés por la vida. ¿Le molesta que se hable de él como alguien que, llegado el momento, decidió meterse en la cama durante 14 años?

R.- No lo decidió, fue el hábito. Leía todo el tiempo y tomamos por costumbre leer tumbados los dos, era más cómodo. Claro que Juan era un depresivo cíclico, y yo le perseguía en la depre: subía y bajaba con él. Y a veces se recuperaba antes de que yo me diera cuenta, de repente. La alegría suya siempre estaba ahí, a pesar de todo. Él gozaba de la vida. Decía que le molestaba no saber qué iba a pasar después de morirse, así era de curioso. Y precisamente por eso escribía y por eso nunca dejó de hacerlo, porque era muy indagador. Cuando le entrevistaban, si le gustaba la persona, era él quien acababa preguntando.

P.- Al hilo de lo que dice, de este ímpetu creador de Onetti, decía él que para ser creativo no había que olvidar la infancia. ¿Trasladaba la suya al presente con frecuencia?

R.- Hablaba de ella, porque él tuvo una infancia muy feliz. Su padre siempre le llevaba bombones y flores a su madre. Eso recordaba. Por esta razón nunca escribió sobre esta etapa de su vida, porque decía que las historias felices no tienen una historia.

P.- Volviendo a lo de antes, al hábito horizontal de Juan, él mismo llegaba a hacer casi una apología de la pereza, ¿Cómo se lleva eso en un matrimonio?

R.- Era muy perezoso, es cierto, si podía no hacer algo no lo hacía. Yo le llevaba todo, le hacía todo. Conseguí hasta que un tipo viniera a casa para hacerle las gafas. Pero no fue un pacto, las cosas ocurren así... Yo le proveía de libros, iba cada semana a la Cuesta de Moyano y volvía cargada. Él no dejó nunca de leer.

P.- Ahora que se celebra el centenario de su nacimiento, ¿Cree que la obra de su marido es atemporal?

R.- Lo es. Él llega a todo el mundo, y hay mucha gente a la que le ha cambiado la vida. Hace poco conocí a un joven que llevaba tatuada en el brazo la foto de Juan con el chambergo.

P.- ¿Para qué sirven realmente todos estos homenajes?

R.- Espero que para que mucha gente que aún no lo conoce lea a Juan. Le estoy muy agradecida a Mario Vargas Llosa por todo lo que está haciendo. Mañana cenaremos juntos...

P.- Pasa unos meses al año en Madrid en la casa que ambos tenían en la Avenida de América y en la que ha conservado, y le cito, “un pequeño Montevideo”. ¿Es difícil el regreso?

R.- Sí, aquí nos creamos nuestro propio Uruguay. En cuanto a mí, los primeros días siempre tengo una sensación de pérdida, porque es aquí donde soy la mujer de Juan. En mi casa es distinto, allí soy la hija y la hermana de unos burgueses músicos. Pero al volver...

P.- ¿Querría contar alguna anécdota con la que se quede de él?

R.- Sí, el momento en que elegimos a la Biche, la perra fox terrier que teníamos. Trajeron como cinco perros a la cama y elegimos quedarnos con ella, y fue una fatal decisión, porque era una calamidad. Estuvo 14 años aquí con nosotros, tuvimos que sacrificarla, una semana antes de morir Juan. De haber sabido que él se iba a morir no lo habría hecho.

Ríe y no la viuda de Onetti recordando a la perra que es parte ya de la literatura. Cuando su marido ya no se levantaba, decía que era para que no le mordiera la Biche, animal que, desvela la sonrisa de su dueña, era una coartada para el genial escritor que de niño leía en un armario acompañado de una linterna y de viejo volvió a enclaustrarse para leer. La Biche, que dicen los que la conocieron, fulminaba cualquier rasgo de la característica hosquedad de Onetti. Superada la anécdota, vuelve Dolly a la emoción y la añoranza.

P.- ¿Qué es lo que más echa en falta?

R.- A él, ciao, todo. Era un personaje distinto, raro... ofrecía muchísimo a la vida.